A la carrera
General No hay comentarios »¡Cuánto corrimos ayer! El tren se paró a mitad del camino, llegamos a Potsdam con 15 minutos de retraso, perdimos el tranvía, tomamos un taxi que nos dejó un poquillo lejos de la escuela… Y al final llegamos a las 8.40 super-en punto. Con la lengua fuera y super-nerviosas. Hablo en plural porque en la estación me encontré con la estudiante que iba a dar su primera clase y así por lo menos pudimos ir juntas.
Y llegamos y se plantó delante de la clase con su super-sonrisa como si no hubiera pasado nada. ¡Increíble y admirable!
En la clase tenía que presentar un texto sobre Chile. Empezó anunciándolo y preguntando si alguien había estado allí, o en Latinoamérica (un chico había vivido en Caracas) o en España (muchos en Mallorca). Muchos participaron y eso estuvo bien. Luego presentó unas fotos preciosas en una transparencia que no se veía, porque el retroproyector es una patata y además hacía sol. Así es que luego dejó que los alumnos la vieran uno por uno. Bien. Presentó muy bien el vocabulario (faltó algo de pizarra) y luego pasó al texto. Lo escucharon, dio tiempo para volverlo a leer en silencio, para hacer preguntas y luego les dio la hoja de trabajo que había preparado. Como no se pudo terminar, se quedó de deberes.
Bien. El problema es que a veces no sabían los alumnos qué tenían que hacer: no dijo claro que tenían tiempo para volver a leer el texto y tampoco mencionó que el ejercicio había que hacerlo en indefinido. Eso son despistes normales. Lo más serio fue que cuando estaba dando los deberes, los alumnos no sabían si les estaba preguntando su opinión o qué. Y es que la pobre seguía con la misma sonrisa de toda la clase y con el mismo tono dialogante, de preguntar… Otro típico caso de no querer / saber asumir la responsabilidad de dirigir un grupo y de cambiar la posición dialogante a la posición dirigente.
Qué típico miedo de las mujeres de la autoridad, de ser autoritarias, de que no nos quieran. Sonreír para que me quieran. ¡Seguro que yo hago lo mismo!